
Aquí desde mi balcón miro a la hermosa luna, tan delicada y frágil como el cristal, tan blanca y tan brillante... Ojalá pudiera ser como ella.
Oigo desde lo lejos cómo los lobos aullan su llegada, la veneran como a una diosa. Parece una reina, pues es soberana del mundo nocturno, Señora de las criaturas de la noche, tan altiva y presumida que ni el mismo Sol es digno de verla.
Enardece los corazones de todo aquel que se sienta enamorado, pues es la misma Afrodita, que embauca a los hombres con su luz de plata.
Puedo sentir el viento susurrándome palabras al oído como si fuera un mensajero de ella... Dice que no soy ella, que jamás tendré su esplendor.
La osadía me invade, y le digo al viento: "Dile que no tendré su esplendor, que nunca jamás seré como ella. Seré mejor, más pura, más grácil y la más distinguida, encontraré el amor que ella jamás tendrá y me podré refugiar en sus brazos no volveré a estar sola, pues ella se quedará con sus estrellas como súbditos que la atienden en su frío trono de cristal, ¡Luna arrogante! ,con tanta soledad que no podrá sentir lo que causa en sus hechizados, sin ninguna mano que la acaricie y la consuele, sola para la eternidad, hasta el fin de los tiempos..."
Ofendida ella se va, para dar paso a ese Sol que la persigue loco de amor.
Podrá engañar a todos, menos a mí.
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